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                                                                                                                Triangulo de las Bermudas                               

 Triángulo de las Bermudas, espacio también conocido como el Triángulo del Diablo y el Limbo de los Perdidos, área geográfica de 3.900.000 kilómetros cuadrados entre las islas Bermudas, Puerto Rico y Melbourne (Florida) (situado de 55°O a 85°O y de 30°N a 40°N), en la que se han producido numerosas desapariciones inexplicables de barcos y aviones.

El misterio se remonta a mediados del siglo XIX, y desde entonces un total de más de cincuenta barcos y veinte aviones han desaparecido en el triángulo. Uno de los casos más famosos fue la desaparición del vuelo 19. Cinco bombarderos estadounidenses tipo Torpedo abandonaron Fort Lauderdale el 5 de diciembre de 1945, en un vuelo de entrenamiento rutinario y con buenas condiciones meteorológicas. Ninguno volvió. Incluso el hidroavión que se envió a buscarlos desapareció. Otras historias de la región hablan de barcos encontrados abandonados con comida aún caliente en las mesas y aviones que desaparecen sin siquiera haber lanzado una llamada de socorro. La ausencia de restos se alega a menudo como prueba del misterioso poder del triángulo.

Hay explicaciones de todo tipo, incluyendo rayos mortales que proceden de la Atlántida y secuestros de un ovni (Objeto Volante No Identificado). Los análisis menos fantasiosos apuntan a que las fuertes corrientes y la profundidad de las aguas podrían explicar la ausencia de restos, subrayando que varias de las desapariciones atribuidas al triángulo de las Bermudas en realidad ocurrieron a 600 kilómetros de distancia. Además, naves civiles y militares atraviesan la región todos los días sin contratiempos. En cuanto se perfeccionen las técnicas de inmersión en aguas profundas es probable que se recuperen la mayoría de los barcos perdidos, aunque también es probable que el misterio del triángulo de las Bermudas permanezca durante mucho tiempo aún en la imaginación.

TEORÍAS

  1.  Población extraterrestre que secuestra naves y personas a fin de averiguar como somos los humanos.  

  2. Que la Atlántida está sumergida en la zona del Triángulo y, a causa de ello, son los "atlantis" quienes podrían disponer de una energía más poderosa que la conocida por nosotros con la que "succionan electromagnéticamente" a las embarcaciones.

  3. Existencia de ciertas partículas que sugieren la presencia de materia antigravitacional o contraterrenal de naturaleza totalmente distinta a las conocidas en este planeta.

  4. Erupciones volcánicas subterráneas que posiblemente abran fisuras en las profundidades inexploradas. La presión creada por los gases calientes del núcleo terrestre, entonces, expulsaría restos de un material radiactivo densamente magnético que se movería a una velocidad descomunal y actuaría como un potente rayo cósmico. Como consecuencia un avión situado dentro del campo magnético de tales rayos se vería afectado junto a todos sus instrumentos eléctricos incluidos los sistemas de ignición de los motores. Y el hecho de que las desapariciones se produzcan en forma discontinua, confirmaría que son cíclicas, al igual que las erupciones volcánicas.

  5. Para los hombres de hoy este misterio no podrá escapar a la siguiente calificación: sin respuesta.

                                                                                     

El Vuelo 19   
Era un día magnífico, con sol en abundancia, mares en calma y un cielo azul libre de casi por completo de nubes. Corrían los días de la posguerra y en E.U., el personal de la Marina y la Aviación aún continuaba con sus cotidianos entrenamientos. Por aquellos días, la base aérea de Fort Lauderdale, en la Florida, estaba particularmente preocupada en mantener a sus pilotos adiestrados.

Era el 5 de Diciembre de 1945, un día como cualquier otro, y 5 aviones Avenger TBM estaban listos para despegar. Su Misión consistía en alejarse 160 millas al este, en línea recta, dar vuelta al norte y regresar a su base, en un vuelo de entrenamiento.
Al mando del vuelo, con número de serie 19, iba el teniente Charles C. Taylor, veterano de la marina y piloto experimentado. La tripulación de cada uno de los aviones constaba de tres hombres, por lo que en total participarían 15. Cada uno de los aparatos había cargado gasolina suficiente para volar el equivalente de 1660 km.. Los motores, la radio y los equipos salvavidas fueron checados y reportados en buen estado. En el momento de dar la último aviso para despegar, sólo faltaba un hombre que, sintiéndose enfermo, se quedaría en tierra.
                                                                                                                       
Los meteorólogos habían pronosticado buen tiempo en toda el área de su recorrido.
A las 2:00 de la tarde despegaron sin novedad los cinco aviones y, tomando en seguida la formación de vuelo, se lanzaron rumbo al mar a buena velocidad. Durante casi dos horas, el vuelo 19 se estuvo reportando con regularidad a su base.
A las 3:45, un mensaje desconcertante cruzó el espacio hasta la torre de control:

"Torre de control torre de control .Esta es una emergencia. Nos hemos salido de curso . Parece que nos hemos salido de curso " "Parece que nos hemos perdido. No estamos seguros de nuestra posición ¡No podemos avistar tierra!".

En la torre de control , el radio operador replicó sumamente extrañado: "¿Qué posición tienen?"
Vuelo 19: "No estamos seguros de nuestra posición " "Repetimos no podemos ver tierra No sabemos si estamos sobre el Atlántico a sobre el Golfo ".
Torre de control: "Asuman el rumbo hacia el oeste pronto verán tierra.".
Vuelo 19: "No sabemos hacia donde esta el oeste. Todo esta mal. Es tan extraño El mar luce muy raro ".

Y ahí se corto la comunicación. Había demasiada estática a pesar del buen tiempo, y por momentos se escuchaban los diálogos de los pilotos entre sí. Diez minutos más tarde se restableció el contacto. Los radioperadores podían escuchar en la base el ruido de los motores, pero no las voces de los pilotos. Para entonces, el pánico había hecho presa de las tripulaciones; ya no eran pilotos experimentados, sino hombres invadidos por un temor monstruoso.

Poco antes de las 4:00 se escuchó lo siguiente:

"No estamos seguros de nuestra posición. No sabemos exactamente dónde estamos. Creo que a unos 360 km. al noroeste de la base ". Se corto de nuevo el mensaje por estática.
Instantes después volvía a restablecerse la comunicación: "El mar es muy extraño Parece que estamos sobre aguas blancas ". Y de nuevo el silencio.
La torre intentó una vez más comunicarse con ellos, pero por alguna extraña razón, parecían no captar las señales de la base. Durante largos segundos que parecieron siglos, el personal de la base, ya en estado de alerta, no escuchó ninguna palabra más del Vuelo 19.

La tensión del
momento fue rota al escucharse otra vez las conversaciones de los miembros del escuadrón: "Estamos completamente perdidos Y parece que " Estas fueron sus últimas palabras. En la base de Fort Lauderdale todo era desconcierto. Durante todo el tiempo que duró la comunicación, parte del personal de la torre se había preocupado por trazar posiciones y calcular la ruta que habían seguido al extraviarse.

Intentaron hacer contacto con otras naves próximas al área; pero todo fue en vano. Sólo quedaban conjeturas. ¿Qué había podido desorientarlos de ese modo? ¿Cómo explicar las interferencias de la radio en un día tan claro? Y sobre todo, ¿Qué peligro habían enfrentado, que los había hecho perder la calma de ese modo?

Las horas siguientes fueron de frenética acción. La alarma había puesto en movimiento a todo el personal. Los aviones Avenger, bombarderos de combate, eran magníficos aparatos en su tiempo. Extraordinariamente bien equipados para el ataque - casi una tonelada de bombas, o un torpedo submarino - contaban además con un poderoso motor de 1600 caballos, y alas plegables para su fácil acarreo en portaaviones. Su autonomía de vuelo era muy amplia y tenía equipo especial para facilitar la supervivencia en alta mar.
Como los bombarderos habían sido chequeados antes de partir y contaba cada uno de ellos con un aparato radiotransmisor, más que pensar en una falla mecánica el personal de tierra temía que un disturbio atmosférico los hubiese dañado. Las turbulencias y bolsas de aire, por ejemplo, son imprevisibles y más de un avión ha sucumbido a causa de ellas. Incluso un ataque enemigo, aunque improbable, no se descartaba: la guerra recién había terminado. Sin embargo, ¿Por qué no habían podido explicar lo que les sucedía?

El radioperador estimó que el último punto en que habían hecho contacto con el escuadrón, había sido a unos 150 km. al noreste de la base naval de Banana River, en la costa de la Florida. A ese punto y sus alrededores fue enviado un hidroavión, el Martin Mariner, especializado en rescate anfibio, con trece hombres a bordo. La torre de control mantuvo estrecho contacto con el hidroavión de rescate durante los siguientes minutos de vuelo.

Inesperadamente, el Martin Mariner consiguió trabar comunicación con el Vuelo 19:
Ilustração


Hidroavión Martín: "Vuelo 19, estamos volando hacia ustedes para guiarlos de regreso ¿Qué altitud tienen?"
La interferencia no dejó escuchar completa la respuesta del Vuelo 19, pero las últimas tres palabras se oyeron perfectamente: "¡No nos sigan !" Y se perdió la señal.

Todo el diálogo había sido captado también en la base. Desde algún lugar desconocido, los pilotos habían alcanzado a enviar un mensaje para alentar a sus compañeros. Pero, ¿de qué? Mientras tanto, la tripulación del Martin Mariner, más alerta que nunca, escudriñaba metro por metro la superficie del mar. Durante los siguientes siete minutos, el comandante del hidroavión se estuvo reportando a la base.
Al parecer no había huellas del naufragio en la zona. Pocos minutos después dejó de escucharse la señal del Martin Mariner. No había contacto en ninguno de los sentidos con su tripulación. El silencio que siguió al último mensaje nunca más fue roto. Nunca más los marinos volverían a ser vistos ni escuchados. El comandante de la base, más perplejo que nunca, dio orden de comenzar lo que sería la búsqueda más intensiva y cuidadosa llevada a cabo en mar y aire; pero también la más infructuosa.
Existen muchos sucesos que aparentemente tienen una explicación misteriosa y que con el paso del tiempo se descubre que de misterioso no tienen nada .Sin embargo hay muchos otros sucesos en los que intervienen tanto seres humanos como fenómenos naturales, hechos desconcertantes y desapariciones inexplicables, todo esto entretejido en un universo inexplicable que por más que queramos no lo podemos resolver.
Dentro de estos últimos sucesos se encuentra uno verdaderamente desconcertante,es el caso del bergantín Mary Celeste, de matrícula norteamericana, que fue encontrado a la deriva en el Atlántico sur, sin ningún desperfecto solo le faltaba la tripulación. El 5 de diciembre de 1872, el bergantín Dei Gratia divisó un barco con características muy conocidas para sus tripulantes. Al acercarse lo reconocieron de inmediato. Pero extrañamente, el Mary Celeste se balanceaba sin rumbo definido. ¿Qué había sucedido con sus hombres?.
Había zarpado de Nueva York rumbo a Génova el 7 de noviembre, con un cargamento de alcohol industrial. Al mando del navío iba el capitán Benjamin Spooner Briggs. Lo acompañaban su esposa Sara y su hijita Sofía, de dos años. La tripulación la formaban ocho marinos; en total, constaba de once personas. Dos días antes de partir, el capitán había comido con David R. Morehouse, capitán del Dei Gratia. Mantenían una sólida relación amistosa y se conocían de hacia ya muchos años.
En esa ocasión al despedirse , se desearon suerte mutuamente y se dirigieron a sus respectivos navíos. Briggs partió dos días después. Morehouse habría de partir hasta el once de noviembre, aunque con ruta algo distinta. 23 días después, el destino haría encontrarse a sus naves en medio del Atlántico.
En mal día, el Dei Gratia, en ruta hacia Gibraltar, avisto a la distancia lo que parecía ser otro bergantín. El primer oficial de abordo, Oliver Deveau, enfoco el navío con su catalejo. Se acercaba a velocidad moderada y dos de las velas del mástil trasero faltaban ; parecía ser el Mary Celeste. Tomando el catalejo para observar, el capitán Morehouse identificó de inmediato a su viejo conocido. Ordeno de inmediato hacer las señales de rigor preguntando por Briggs. No hubo respuesta del Mary Celeste. Parecía abandonado y eso acabo por inquietar a Morehouse.

Al acercarse la tripulación del Dei Gratia, se pudo observar que la vela principal estaba dirigida hacia su ruta, mientras que la vela posterior, estaba dirigida hacia estribor. Algo tan extraño sólo podía significar problemas. El capitán ordenó al primer oficial y al piloto subir al barco a investigar.
Cuando por fin lo abordaron ya había caído la noche. La luna iluminaba la escena de un mar tranquilo. A bordo nadie respondió a los llamados. El único ruido provenía del balanceo del casco pero no había nadie a la vista.
El timón sin gobierno, estaba a merced de las olas, pero a pesar de ello, el bergantín había llegado a ese punto, sosteniendo su curso como guiado por la mano experta de un timonel. Revisando su interior, encontraron todo en orden, el libro de bitácora en la cabina del piloto y los camarotes intactos. Todo parecía indicar que había sido abandonado con gran prisa. Pero en el cuarto de bombas había una pequeña inundación de aproximadamente un metro de altura; la escotilla y la caja de bitácora estaban abiertas, así como también el tragaluz de la cabina. El compás de la bitácora estaba destruido, extrañamente.
El que hubiera agua no significaba peligro, era cosa común en barcos de madera de la época. Pero, ¿Cómo explicar los desperfectos? En el camarote del capitán, su pipa todavía estaba humeante. En la bodega, la carga de 1700 toneladas de alcohol aún estaban en su lugar.
Cada vez más sorprendidos, los dos marineros siguieron explorando el interior del barco. Al llegar a la cocina, no pudieron dar crédito a lo que veían: en la estufa, aún encendida, una tetera despedía bocanadas de vapor. Tal parecía que tan sólo unos minutos antes todavía había gente abordo.¿Pero dónde estaban en ese momento? Las sorpresas continuaron. Había ropa tendida, aún húmeda en los tendederos. Y había algo que faltaba ¡el bote    salvavidas!
Si era lo único faltante, ¿podían haberse escapado en él? Era inexplicable. No se observaba nada que los hubiera podido impulsar a huir. Poco antes, Deveau, el oficial del Dei Gratia, había encontrado las joyas de la esposa del capitán Briggs intactas. La caja fuerte no mostraba huellas de intento de violación. En el camarote del capitán encontraron una espada con su vaina, por lo que supusieron que era de el capitán Briggs. El libro de bitácora no mostraba nada anormal; su última anotación decía: "Nos encontramos a unas 110 millas al oeste de la isla Santa María, en las Azores" Estaba fechada el 24 de noviembre. Según este último dato, la anotación había sido hecha cuando el Mary Celeste se encontraba a unas 500 millas de donde fue encontrado
Pocos años después de la desaparición de los marinos del Mary Celeste, ocurrió otro hecho desconcertante en el área de las Azores. A fines de abril de 1880, el almirantazgo inglés se hallaba preocupado. Desde principios de año, ninguna noticia se había recibido del barco de entrenamiento Atlanta, con más de 300 cadetes a bordo.
Después de buscarlo durante una semana, el vapor Salams no había reportado ninguna novedad. El viaje de la Atlanta se había iniciado en enero, para hacer la travesía de las Bermudas a Inglaterra, como parte del entrenamiento de sus cadetes. Aunque el viaje era largo, tenían proyectado arribar a Portsmouth el primero de marzo, por lo que el retraso de casi dos meses hacía pensar en algún desastre. Para hacer dicho viaje, el Atlanta debía pasar por las inmediaciones de las Azores.
La primera esperanza provino del buque de guerra Avon, también de la Marina Real, que reportó haber observado restos de algún naufragio en las cercanías de las Azores. La identificación de los restos no había sido posible. Pero de nuevo, la búsqueda posterior fue infructuosa; no había ni sobrevivientes ni resto alguno del naufragio. Simplemente no había rastro.
Toda una serie de supuestos mensajes de los sobrevivientes fueron probados fraudulentos. Pero entre ellos, hubo dos dignos de tomarse en cuenta. El más significativo fue recibido de las aguas de la bahía de Boston, en Norteamérica. Escrito en una hoja de agenda de bolsillo, tenía garrapateado el siguiente texto, obviamente escrito en premura:
Abril 18 de 1880: buque de entrenamiento Atlanta. Nos estamos hundiendo en la longitud 27, latitud 32; quien quiera que encuentre el mensaje, que lo de a conocer... John L. Hutchings." Auténtico o no, el mensaje es importante por un detalle: la posición. Esa posición está muy cercana al lugar donde fue encontrado el Mary Celeste había sido localizado sin tripulantes. Sin embargo, la autenticidad de este mensaje nunca se constató; pues no se sabía a ciencia cierta si existía a bordo alguien con apellido Hutchings. La zona prohibida había engullido otro navío, con más de 300 personas a bordo